Abril 2011
Ferdinand Georg Waldmüller, 1858
(Museo del Belvedere, Viena)
Felipe Barandiarán
UN enjambre de niños alegres y bulliciosos invade la entrada del claustro. ¡Es la hora de la comida! Los frailes la ofrecen diariamente a todos los necesitados que allí acuden. El potaje, sabroso y abundante, es distribuido en generosos pucheros de barro con sus cucharas.
A la izquierda, una joven lleva de la mano a su abuelo, ciego, para, en medio de tanto barullo, acomodarlo en lugar seguro. En el centro, un niño rubio, junta las manos en actitud de oración antes de comenzar a comer. En un primer plano, otro niño, un poco más mayor, protegiendo entre sus piernas el puchero, se come el potaje con manifiesto apetito. Detrás justo de él, de pié, la que parece ser su hermana, esbozando un paso casi de danza, trata de llamar la atención de su madre, señalándole al muchacho con la cuchara.
La alegría y el buen humor se irradia por todo el cuadro bañándolo de luz. Y es que los pobres se saben amados por Dios, y eso les permite enfrentar las dificultades de su vida, con ánimo, sin rebelarse, camino del Cielo.
Al fondo, los hombres se agrupan: aceptar su situación de pobreza es difícil y doloroso para quien tiene familia y está en condiciones de trabajar. Con mirada clara y aire compasivo, en medio de ellos, un fraile les orienta y aconseja.
Mirando con atención, al fondo de la galería, vemos que, desde la Cruz, Cristo contempla la escena y con los brazos abiertos, a todos ampara con su amor infinito.




