Actualidad

Abril 2012

jose_maria_macarullaJosé María Macarulla

Catedrático Emérito de Bioquímica y Biología Molecular
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Tuve la inmensa fortuna de trabajar 13 años bajo la tutela y autoridad de

don Eduardo Ortíz de Landázuri, sobre todo en los tiempos en que fue Decano de Medicina y Director de la Clínica Universidad de Navarra.

Dejaré para las instancias eclesiásticas la investigación sobre sus virtudes como cristiano ejemplar y excelente padre de familia. Sólo contaré algunos episodios profesionales que reflejan un garbo humano desbordante, junto con su trabajo más que generoso con todos sus prójimos.

Amor a los enfermos

 Trató durante su vida un total de 500 mil enfermitos (como los llamaba cariñosamente) y se preocupaba por sus vidas y bienestar. Por ejemplo, en el Hospital de Navarra estaba ingresado un paciente que nunca iba acompañado. A la tercera visita se sinceró con él hasta recomendarle:

-¡Por Dios, quítese esa barba que parece usted un capuchino!

El enfermo replicó:

- ¡Es que soy un capuchino!

- ¡Ah, por eso cuando le preguntaba por su mujer, usted no me respondía nada!

Visitaba a sus enfermos delicados a cualquier hora del día o de la noche. Un gitano, operado de apendicitis, dormía en el Pabellón F del Hospital (que tiene una sóla planta), cuando a las tres de la madrugada pasó él de visita, vio que salían de su cama y saltaban por la ventana la esposa y varios churumbeles. Don Eduardo se sonrió y no regañó a nadie por ese descuido en la tutela nocturna hospitalaria.

Generosidad con los colegas y alumnos

Tenía un coche Austin que lo utilizaba todo quisqui, tanto que lo llamaban el coche del panadero porque entre todos lo habían llenado de “bollos”. Un día lo dejó con el motor encendido frente a su casa para un ratito. Naturalmente se lo robaron y la portera del inmueble que vio al ladrón no se fijó en él porque ese coche lo utilizaba todo el mundo - dijo.

Perspicacia y juicios benévolos

Como necesitaba el coche, se presentó a la policía rogándoles que lo buscaran en la cuneta de la carretera, a la altura aproximada de Tudela. El agente, sorprendido ante tal previsión, le preguntó los motivos de esa búsqueda, tan localizada. Él le aclaró:

- Todo ladrón que roba un coche en Pamplona desea irse a Madrid y la palanca de cambios, que está soldada por su base, se despegará por el camino, con lo que abandonará el vehículo en la cuneta.

Al día siguiente la policía llamó diciendo que la predicción había sido exacta, pero que el coche fue encontrado con la palanca rota cerca de Soria. El comentario de don Eduardo, admirado y caritativo con el ladrón, fue:

-¡Qué buen conductor era este hombre! ¡Logró llegar hasta Soria!

Actuaciones profesionales

No voy a repetir hoy todas las que expliqué en artículos anteriores. Me limitaré a recordar algunas de las muchas en las que tuve una relación directa.

Primero. Un enfermo del Hospital había entrado en un coma acidótico, incompatible con la vida. Don Eduardo vino a verme de inmediato a Bioquímica y me informó que en París salvaría a ese enfermo gravísimo inyectándole un suero de lactato sódico, aún no comercializado en España, pero que yo podría salvar su vida si me animaba y le fabricaba ese suero. Las dificultades eran grandes (isotonía, el botiquín sólo disponía de ácido láctico libre, exención de pirógenos, etcétera,...) y al enfermo le quedaba muy poco tiempo. Le fabriqué el suero, él lo inyectó en vena y al cabo de una hora el paciente abría los ojos. Incluso a los dos días se escapó del hospital para tomarse unos vinos en la Plaza del Castillo.

Segundo. En un pueblo de la Ribera navarra se había localizado una intoxicación masiva. Había 22 afectados varones, uno de los cuales acababa de fallecer. Enterado el médico, se presentó allí de inmediato y averiguó que todos los intoxicados eran clientes del mismo bar, en el que bebían vino tinto. Pidió y probó un vaso de ese vino sospechoso y lo encontró muy fresquito.

Preguntando al dueño, éste le explicó que entre la barrica del vino y el grifo había intercalado un serpentín sumergido en un recipiente con hielo machacado. Don Eduardo, que  sabía mucho de bioquímica, le preguntó:

- ¿Y el serpentín será de plomo, supongo?

- ¡Naturalmente, como todas las tuberías del agua! – fue la respuesta.

- ¡Destruya de inmediato el invento, porque el agua no ataca al plomo pero el vinagre, sí. Y todos los vinos tienen vinagre. Sus clientes sufren saturnismo!

Yo participé en los análisis posteriores de plomo en esos enfermos y en darles EDTA cálcico, que facilita la eliminación selectiva de ese elemento por la orina. Los 21 intoxicados restantes felizmente se curaron.

Remedios heroicos

Un día vino de otra ciudad un padre muy apurado con su hijo joven que sufría un hipo persistente, que no le abandonaba ni de día ni de noche. Don Eduardo pidió autorización al padre para aplicarle un remedio nada convencional y, otorgado ese permiso, soltó de repente tan fuerte bofetón al muchacho que lo dejó temblando y perplejo. Y naturalmente, sin hipo. Cuando el padre agradeció tan súbita curación, el médico con una sonrisa le replicó:

- Pero el bofetón vale mil pesetas (6 Euros actuales).

Para terminar debo decir que don Eduardo cobraba de la Universidad un sueldo fijo y todos los ingresos extra los entregaba generosamente para el mantenimiento de la Institución Universitaria.

Resumen

Antes era mi jefe y me enseñaba; ahora le rezo en todos los apuros. Recomiendo a mis lectores que también le recen pidiéndole favores y la pronta canonización de este médico excepcional.

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