Home Actualidad Noticias DÍA DEL PAPA - Carta de Mons. Blázquez - "¡No añadamos peso a la cruz!"

DÍA DEL PAPA - Carta de Mons. Blázquez - "¡No añadamos peso a la cruz!"

La festividad de los santos apóstoles Pedro y Pablo nos ofrece cada año la oportunidad de reavivar la comunión con el Papa, sucesor de Pedro y pastor de la Iglesia universal, y de recordar el alcance y sentido de su ministerio en la Iglesia. Además de su significación dentro de la Iglesia, el papado es un extraordinario recurso moral en la historia de la humanidad, que los espíritus más atentos no dejan de escuchar con respeto y responsabilidad. El que el Papa, desde esa situación singular, desee iluminar con su palabra y actitudes la vida de los hombres, no buscando su medro personal sino el pro-greso humano en todos los órdenes, es un motivo que recomienda vivamente su actuación.

 

El apóstol Pedro recibió del Señor la misión de ser fundamento visible de su Iglesia, de confirmar en la fe a sus hermanos y de apacentar a su grey, como se desprende inmediatamente de los textos evangélicos, en que se apoya particularmente la Iglesia católica para confesar el primado del sucesor de Pedro, es decir, del Obispo de Roma (cf. Mt 16,18; Lc 22,32; Jn 21,15-17). El visitante de la basílica de San Pedro en Roma puede leer desde abajo estos textos bíblicos escritos con letras enormes en caracteres griegos y latinos en un friso alto que recorre la nave central y la cúpula de esa grandiosa iglesia. La cúpula está levantada sobre el lugar en que se conserva la tumba de Pedro, martirizado, como dice la tradición y ha confirmado la arqueología, en la colina vaticana. Los católicos al llegar a la proximidad del altar llamado de la confesión rezamos habitualmente el credo de nuestra fe, siguiendo la profesión de Pedro en nombre propio y de sus compañeros: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). La memoria viviente del Apóstol nos invita a confesar la misma fe en Jesús, que no cesa de preguntarnos también hoy: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (v. 15).

 

Pedro y sus sucesores hoy Benedicto XVI han recibido la autoridad otorgada por Jesucristo para garantizar en la Iglesia, con la fuerza del Espíritu Santo, la fidelidad a la revelación divina y la continuidad a lo largo de la historia de la fe sin contaminar y del seguimiento genuino del Evangelio. Esta autoridad es un “poder otorgado con miras a un servicio” (cf. H. Urs von Balthasar, El complejo antirromano, Madrid 1981, p. 18). La autoridad de los apóstoles y sus sucesores es de orden ministerial, es decir, al servicio de la Iglesia y del Evangelio. Ciertamente Jesús quiso una Iglesia de hermanos y de hermanas, donde Dios es el Padre de todos y Jesús es el único Señor (cf. Mt 23,23). La autoridad transmitida a Pedro, con el poder que le es inherente, es para la edificación de la Iglesia, para el fortalecimiento de la comunión y la fraternidad. El primado de Pedro no es adorno y culto de la personalidad; y la comunión y obediencia a él debidas no son sometimiento que humilla a los cristianos; es un servicio precioso a la unidad en la fe, en el amor y en la misión. La Iglesia no avanza donde crece el “complejo antirromano” o cunde el contagio de una especie de alergia que impide respirar desahogadamente y hace brotar sarpullidos en la vida de los cristianos.

El Papa, con la entrega diaria al ministerio encomendado, poniéndose incondicionalmente a disposición del Señor, de la Iglesia y de la humanidad, haciendo fructificar generosamente los dones recibidos al nacer y con el recorrido de su vida, con la ordenación sacramental y con el ministerio petrino nos presta un servicio inestimable. Benedicto XVI nos está ayudando eficazmente con sus escritos, ordinariamente cortos, profundos y claros, a orientarnos con lucidez y confianza en la coyuntura actual; con particular penetración insiste en la relación íntima entre la fe y la razón, y en la apertura connatural de la razón humana a la trascendencia. Con argumentos luminosos viene mostrando cómo el reconocimiento de Dios asegura la dignidad de cada persona y garantiza la esperanza de la humanidad. Dios en su providencia nos ha dado el Pastor que ahora necesita la Iglesia.

 La comunión eclesial es una característica fundamental de la naturaleza, de la vida y de la misión de la Iglesia; la corresponsabilidad que legítimamente queremos y debemos asumir se fundamenta en el principio de comunión. Por la iniciación cristiana todos los fieles somos miembros activos de la Iglesia y partícipes de su misión; y la forma específica de ejercer la corresponsabilidad está en conexión con los ministerios recibidos en el sacramento del orden, y con los servicios eclesiales encomendados por la auto-ridad competente o reconocidos por el Pueblo de Dios.

Según ha enseñado el Concilio Vaticano II, en continuidad con el magisterio anterior, el Papa es principio de comunión en toda la Iglesia: “El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de fieles. Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares” (Lumen gentium 23). La comunión de cada uno de los obispos con el Papa se articula vitalmente con las preposiciones “cum” y “sub”, es decir, integrando la relación de fraternidad y la relación de obediencia. El ejercicio de la autoridad legítima y la obediencia correspondiente forman parte de la comunión eclesial. En la celebración litúrgica pedimos que a los fieles no falte la solicitud de los pastores ni a los pastores la obediencia de los fieles. El Papa necesita menos críticas y desapegos cordiales, y más comunión real y afectiva de todos nosotros. ¡Ya es imponente el peso de su servicio como para que le añadamos nosotros nuevas cargas y preocupaciones! El amor aligera el peso, la crítica apesadumbra; el amor fortalece, la crítica debilita. ¡No podemos estar en el hogar que es la Iglesia con la sensación de vivir en casa extraña!

La Iglesia es el Pueblo de Dios por los caminos de la historia, con muchos motivos de gozo y con no pocos motivos de inquietud. Por lo que se llama a veces “ley de la encarnación” comprendemos que recorramos cada tramo de la peregrinación con perso-nas de carne y hueso, en lugares concretos, en tiempos determinados. Cada Papa, como cada cristiano, obispo, presbítero, diácono, religioso y religiosa, tiene su origen, trayectoria vital, formación, modo de ser, personales preferencias. Hoy el Papa se llama Benedicto XVI, ayer fue Juan Pablo II, y antesdeayer fueron Pablo VI, Juan XXIII, Pío XII. El que pretenda hacer abstracción de la Iglesia presente con sus modos de actuación, huye sin más de la Iglesia real. En el correr del tiempo y en el sucederse de las personas pervive la misma Iglesia, que es sacramento de salvación en medio del mundo. Formar parte de la Iglesia es una gracia inmensa que requiere agradecimiento, humildad, “sentido” de Iglesia, comunión y solidaridad, esperanza, trabajo leal, paciencia en las pruebas, y ante todo la luz de la fe que nos ayuda a descubrir las dimensiones verda-deras del misterio de la Iglesia.

Probablemente se puede establecer una proporción directa entre proximidad cordial al Papa y acogida efectiva de su magisterio, por una parte, y orientación segura y vigor de los cristianos y de las comunidades, por otra. La comunión con el Papa es una especia de “test” de autenticidad apostólica; distanciados de él no sembraremos buena semilla en el campo de la Iglesia. Al Papa debemos los cristianos agradecimiento por su dedicación personal, obediencia a las decisiones adoptadas en el ejercicio de su ministerio pastoral, y oración para que el Señor le otorgue una fe vigorosa, una esperanza intrépida y una caridad diligente.

Termino esta comunicación, queridos hermanos y hermanas en la fe, pidiendo vuestra colaboración económica para que el Papa pueda desarrollar el servicio de comunión entre las Iglesias, de presidir la Iglesia universal, y de acompañar con la verdad y el amor del Señor el itinerario de la humanidad, particularmente de los más necesitados.

Bilbao, 25 de junio de 2008

+ Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao

 

 

 

 

Medalla y suscripción

 


Vela SanAntonio

Enviar donativo

Quiero contribuir en esta obra de Apostolado y Caridad, y difundir la devoción a San Antonio.


Donativo a nombre de la Sociedad de San Vicente de Paul en España - Obra "El Pan de los Pobres".